Alguien

En la lectura de varios libros me llegó esto a mis manos, he tenido la oportunidad de leer tantos libros, que estoy recurriendo a los escritores del pasado, pero que siguen estando vigentes, te lo dedico con cariño a tí, Yolanda Haidé, ya no tengo el más mínimo rencor hacia ti, ni amargura, esa amargura que me hizo tanto daño, eres simplemente el pasado, entre amor y desamores, entre alegrías y tristezas, entre verdades y mentiras, entre insultos y halagos entre admiraciones y decepciones, si, ahora fue, simplemente un cuento de amor, un cuento sin un final feliz, pero al final, me reencontré a mi mismo, mi felicidad no era estar a tu lado, era estar conmigo mismo, pero a veces la nostalgia me embarga, a veces me embriaga y me deja las resacas de un amor que nunca fue verdadero, al menos, pero ya no me duele, jamás podré odiarte, pues a pesar de todo, siempre te ame de verdad, espero que encuentres un hombre que te ame más que yo; y te de todo lo que tu deseas, ya sea material o espiritual, aunque se muy bien cual es lo que más felicidad…

Alguien

Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal),
un hombre que ha aprendido a agradecer
las modestas limosnas de los días:
el sueño, la rutina, el sabor del agua,
una no sospechada etimología,
un verso latino o sajón,
la memoria de una mujer que lo ha abandonado
hace ya tantos años
que hoy puede recordarla sin amargura,
un hombre que no ignora que el presente
ya es el porvenir y el olvido,
un hombre que ha sido desleal
y con el que fueron desleales,
puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
una misteriosa felicidad
que no viene del lado de la esperanza
sino de una antigua inocencia,
de su propia raíz o de un dios disperso.

Sabe que no debe mirarla de cerca,
porque hay razones más terribles que tigres
que le demostrarán su obligación
de ser un desdichado,
pero humildemente recibe
esa felicidad, esa ráfaga.

Quizá en la muerte para siempre seremos,
cuando el polvo sea polvo,
esa indescifrable raíz,
de la cual para siempre crecerá,
ecuánime o atroz,
nuestro solitario cielo o infierno.

Jorge Luis Borges.

 

 

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